Cierto día una mujer obesa, como de 100 kilos, decidió
entrar a clases de baile, pero la instructora iba tan rápido que no podía
seguirla. La ropa que usaba era
demasiado holgada para cubrir su enorme cuerpo, ella trataba de sonreír para
aparentar que no se sentía avergonzada, pero los pasos de baile eran cada vez difíciles.
La instructora le decía que no dejara de moverse, no
importaba que no siguiera los pasos. Y así continuo moviéndose como su cuerpo podía hasta olvidarse de las mujeres que la rodeaban, del hombre que la abandonó
y del poco respeto que le tenían sus
hijos.
La música era tan
alegre que le apachurraba su corazón. Al final la instructora gritó “Hoy estamos preciosas y más tú que sin miedo te seguiste moviendo”. La señora sintió sus ojos nublados porque
hace mucho no escuchaba que le dijeran preciosa.
Ella no supo que las mujeres presentes y la instructora le
decían en sus pensamientos “Por favor, no te rindas”.
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