Sentada sin saber qué hacer, tengo dos opciones: eliminarlo o reenviarlo. Ni siquiera puedo ir al baño y mi pie derecho se desespera. Ahora entiendo que él es omnipresente… ¿Por qué Dios, por qué estás en mi bandeja de entrada?
“Léelo, no te arrepentirás”, decía el correo, pero me arrepiento y viajo diez años atrás cuando esperaba sentada a confesarme con las manos sudando y memorizando mis pecados. Número uno, le pequé a mi hermana con un gancho; dos, yo fui la que perdió el anillo de mi madre; tres, rompí el gato de mi abuelita; cuatro, no hice una tarea de español; cinco, dije “pinche” a una amiga… ¡No, no puedo decir eso frente al padre!, mejor digo que expresé una mala palabra; seis…
No llegué al seis porque en ese instante un chamaco resbaló y los otros niños presentes, incluyéndome, nos atacamos de la risa.
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- ¡Niños!- gritó la catequista- si siguen riéndose no se van a confesar.
¡No! Grité para mis adentros, llevo cinco meses en el catecismo para confesarme y después formarme en cada misa de domingo para probar la hostia, luego de esto ya no me quedaré sentada en las ceremonias de los quince años de mi primas… seré GRANDE.
Pero los niños reían bajito y tenía que pellizcarme las manos para no hacerlo. Faltaban tres niñas y escondía mi cara ante la virgen de la parroquia. Virgencita por favor, calla a estos niños para no seguir riéndome, virgencita ¿puedes dejar de mirarme y mirarlos a ellos?
¡Qué impaciencia! Por suerte para mí las niñas que pasaron no tenían tantos pecados que confesar. Llego mi turno, el padre muy serio preguntó los míos y fue tan rápido que creo dije “pinche”. Mi sentencia, bueno, no la recuerdo y jamás he vuelto a confesarme, sólo el día de mi primera comunión probé la hostia, pero me como muchas obleas de colores en el metro.
Mi madre me llegó a decir que el padre era joven y muy guapo. Lo era y ha de ser esos que diez años después mandan correos cadenas sobre Jesús. Dios, no tengo nada en contra tuya pero para una mente débil como la mía le es difícil reenviar un correo a diez personas. Apenas consigo cuatro: una amiga católica, dos cristianos y un testigo de Jehová…
Sí, son bendiciones y las bendiciones son bien recibidas. Pero no es más fácil decirlas en persona, ¿tiene el mismo valor las bendiciones cibernéticas?
Y de nuevo tienes razón. Es más fácil reenviar chistes y fotos chistosas y hasta morbosas, sin embargo, si envío el correo no quiero verme santurrona con mis contactos.
Lo he resuelto. Se lo envío a todos mis amigos, los conocidos y desconocidos, los que me caen bien y los que no tolero, en total son cincuenta y cinco. Y se compensa. Ya no voy a la iglesia, ya no escucho mucho de ti, pero te veré seguido en mi correo electrónico.