La Iglesia como medio para encontrar la fe, es también un medio de la doble moral. Casi no voy a la iglesia y si voy es por los quince años de mi prima y por la boda de una amiga… es en ésta última donde lleve este sentimiento al límite.
Pues bien, soy de las que opinan que tomar la ostia en la misa es como ir a una fiesta y quedarse sentado. Pienso que todos los que se levantan en fila se sienten como tocados por dios y los que nos quedamos sentados sólo miramos sus caras de satisfacción.
Mi acompañante decidió levantarse a tomar “El cuerpo de Cristo”, me preguntó si lo iba a hacer y le contesté que no me había confesado, de hecho hace 12 años que no le cuento mis problemas al padre.
Él me dijo que no era necesario, y le creí más a él que a mi catequista quien una vez en sus clases nos comentó que era necesario confesarse antes de comer la ostia porque si no… pecado.
Ya en la fila, a cinco personas de la señora que levantaba la oblea blanca, llegaron los remordimientos. Espera, le dije a mi amigo, he hecho cosas para arrepentirse antes de decir amén.
Él me dijo: ¿Has matado? ¿Le has robado a alguien? De lo único de lo que te tienes que arrepentir es de llegar virgen al matrimonio.
¡También has hecho cosas muy malas!, me horroricé, al menos hay que arrodillarnos y pedir perdón antes de hacer esto.
Y cuando quise regresarme estaba frente a la ostia y la señora con mirada tranquila que sutilmente sonreía me decía “El cuerpo de Cristo”, y yo lentamente lo recibía.
Amén
Corrí hacia los asientos y me arrodillé. Mi compañero se acercó y me preguntó: ¿Se te quemó la lengua?¿Se te partió? ¿No verdad?...
No, le contesté, pero siento que el santo de la parroquia me ve muy feo.
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