Por J. Reyes
¡Monstruo!… Entonces me encontraba frente a aquella infernal criatura; estaba preso en la madriguera de aquel ser indescriptible.
La esclerótica verdosa hacia resaltar aún más el rojizo iris felino de cada uno de sus varios ojos. Su negra y enjuta piel brillaba con la pobre luz de la luna que difícilmente entraba en ese antro. Ahora estaba a centímetros de mí... De su asquerosa y descomunal boca (Si se le puede llamar boca a eso) emanaba el olor de cientos de cadáveres pudriéndose eternamente en sus entrañas…
Me sentí aliviado y a la vez muy decepcionado cuando al despertar descubrí que aquella abominación era hija de una simple indigestión.
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