Por J. Reyes.
Ayer fue el fin del mundo… Y el mundo ni siquiera lo notó.
Hoy despierto en una tierra nueva, la cual comienzo a
explorar. Es un lugar bastante cómodo y algo familiar. Tiene todos los
servicios básicos y algo de comida almacenada. Parece ser un buen sitio para continuar,
ahora que todo ha concluido.
Termino de recorrer este nuevo lugar y tomo un baño. Y es en
ese momento, mientras escucho el eco de las gotas de agua golpeando el suelo de
la ducha, que lo noto y lo acepto: este nuevo hogar es solitario y silencioso.
Ya no está el ruido de tu voz, ni tus pasos o tu risa.
El pequeño Cosmos de nuestro departamento ya no existe.
Nuestro mundo terminó ayer que te fuiste.
Me asomo a la ventana y la ciudad sigue viva, caminando como
cada día.
Como decía el profeta Isaías que salió en el programa “31 minutos”:
“Se acabó el mundo, pero inmediatamente después empezó otro mundo exactamente
igual, por eso no se notó.”
Bueno, casi igual en este caso…
Que tan mal debo estar que estoy citando a una marioneta en
un programa de televisión… Sé que odiabas este tipo de referencias (ahora que
lo pienso, mi forma de ser tampoco ayudó mucho)
Pero si nuestra relación se iba a fracturar ante el “abrumador”
peso del gusto o no por un programa o una película, había algo irremediablemente
roto desde un principio.
Es una lástima que ninguno de los dos lo hubiese visto antes
y peor aún: que aun sabiendo que lo nuestro moría, no hayamos estado dispuestos
a hacer algo por remediarlo.
Termino de vestirme y me preparo como todos los días para
salir a trabajar y antes de cruzar el umbral de la puerta que da hacia la
calle, me detengo un instante: Tengo miedo.
Miedo de que al dar este paso acepte finalmente que te
fuiste, que no estábamos hechos el uno para el otro, que pese a todo lo que
vivimos, lo nuestro debía terminar.
Aun así, avanzo.
El terror me invade conforme dejo caer mi pie en la calle,
me ahoga el vértigo que acompaña a cada conclusión, siento el vacío de lo que
fue y solo aguardo el momento en que mi cuerpo se precipite en él.
Pero el mundo que ahora inicia me recibe y el asfalto de sus
calles detiene mi caída.
El profeta de fieltro no tenía tanta razón: yo me he dado
cuenta de que esta nueva tierra no es igual.
Aun así, este lugar me dio una nueva oportunidad para seguir
mi camino y solo me queda agradecer tan amable gesto de la única manera en que
puedo hacerlo: recorriendo este nuevo universo.
Ese fue mi último paso en la tierra del “nosotros” y es el
principio de mi viaje en el “yo y tu recuerdo”.
Este es mi primer día en un mundo sin ti.
Aplausos. Mis más canndidos aplausos, en serio. No, no, una belleza de lectura. La sonrisa que me pegué cuando noté la referencia explícita al profeta Isaías, porque fue JUSTO en quien pensé con la primera línea del cuento, y verlo reconocido....Pero no nomás triunfa por eso, es algo muy intímo, escrito con mucho corazón, con un aura intangible que sin embargo todos hemos alguna vez tocado. Mis respetos camaradas y el Inicio de este proyecto ha salido excelente con esta su contribución.
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ResponderEliminarMERGA!!!
ResponderEliminarMe gustó. Es muy intenso.
Si llega al corazón es porque es bueno... FIN